Scavenger 

May 1st, 2019

Article by Madeline Meredith
 

Have you seen a raven? Have you watched her black wings glide, cutting shapes into the drafts?
 

I used to hate them. Gutterbirds, precarious scavengers, too close to death. Then, I met Grief. A few years ago, on Christmas day, she sat me down on the long purple sectional in my parent’s basement. My mom led me down the steps, told me not to whisper too loudly. It was then that I learned that my parents were getting a divorce.

 

I was broken green-glass on asphalt. My parents expected the festivities to carry on as planned.

I let love drop like a stone to swim in my belly. I carried myself around like a corpse, avoiding eye contact with the angel on the tree.

 

I packed a bag and drove through the snowy night to a dead campus. I snuck into my dorm room and sunk into my IKEA mattress. There, I was alone with Grief, but allowed to feel. This was a choice I had to make in my adolescence. Again, and again, and again. Alone with Grief, or lonely in company?
 

Over the course of my healing, I begun to understand Grief was a friend. Someone who could be shared. A raven who saw into the depth of my pain with compassion.
 

Grief became a constant companion. With Grief in my mind, I dream that I’m swimming with sharks. I can see the fin approaching, watch a bad arc cut across still waters. Straight towards spilled blood, vulnerability.


I let myself feel the terror for a blink, and then I awaken. I survive. Grief was once something distant. A malaise on the horizon, feathers rustling on hot air. A curtain pulled over the theatre, unfurling a violet malevolence.
 

Now, I admire the raven. Ravens can remember generations of faces, stored away in their black bead eyes. What will they remember in mine?

Basurero

¿Has visto un cuervo?¿ Has observado sus alas negras deslizándose, recortando formas en el aire?
 

En el pasado, los odiaba. Pájaros de la basura, basureros, con una estrecha relación con la muerte. Entonces, conocí el dolor. Hace pocos años, en el día de Navidad, mi mamá me sentó en el coche morado en el sótano. Mi mamá ascendió las escaleras, me dijo que no susurrase demasiado fuerte. Fue en ese momento cuando entendí que mis padres se iban a divorciar.

Fui vidrio roto en el asfalto. Mis padres esperan que las fiestas continúen como de costumbre. Pero yo, dejo al amor caer como una roca en mi estomago. Me transporte como a un cadáver, evitando el contacto visual  con el ángel del árbol.

Hice mi bolso y conduje a través de la noche nevada hasta el campus muerto. Entré en mi dormitorio y me hundí en mi colchón de Ikea. Ahí, estaba solo con el dolor, pero me permití sentir. Esta fue una decisión que tuve que tomar en mi adolescencia. Una, y otra, y otra vez. Solo con el dolor, ¿o solo en compañía?

En el transcurso de mi recuperación, empecé a entender que el dolor era un amigo. Alguien con el que poder compartir. Un cuervo que ve en lo profundo de mi dolor con compasión.

El dolor se convirtió en una compañía constante. Con el dolor en mi mente soñé que nadaba con tiburones. Puedo ver el fin aproximándose, mirar un mal arco a través de las aguas tranquilas. Directo hacia la sangre derramada, hacia la vulnerabilidad.

Me he permitido sentir terror tan solo un parpadeo, y entonces me desperté. Sobreviví. El dolor fue en un momento algo distante. Un malestar en el horizonte, plumas crujiendo en el aire caliente. Una cortina arrancada del teatro, desplegando una maldad violeta.

 

Ahora, admiro a los cuervos. Los cuervos pueden recordar generaciones de rostros, almacenados en sus profundos negros ojos ¿Qué recordarán de los míos?